Director Espiritual

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 SEMILLAS DE PAZ Y BIEN

2021, AÑO DE SAN JOSÉ


 

Hermanos: ¡Paz y Bien!


Nuestro Arzobispo, D. José Ángel, en su Carta de inicio del curso 2021-2022, titulada “La esperanza no defrauda”, nos dice  que debemos acabar de celebrar el “Año de San José”.

El 8 de diciembre de 1870 el Beato Papa Pío IX declaró a San José Patrono de la Iglesia universal. Ciento cincuenta años después el Papa Francisco ha declarado (con la Carta apostólica Patris corde) el “Año de San José”, que comenzó el 8 de diciembre de 2020 y concluirá el 8 de diciembre de 2021. 

 

El Papa Francisco manifestó que se establece este año con el fin de “que todos los fieles siguiendo su ejemplo (el de San José), puedan fortalecer cotidianamente su vida de fe en cumplimiento pleno de la voluntad de Dios”. Asimismo, el Santo Padre ha hecho saber que ha sido la pandemia de coronavirus la que ha  acrecentado su deseo de meditar y reflexionar sobre San José, ya que durante la pandemia ha habido una gran número de personas que se han esforzado (de manera discreta y oculta)  en proteger a los demás, en forma similar a como San José cuidó y protegió, en silencio y con sencillez, a la Virgen María y a Jesús. 

 

En la Carta apostólica en la que declara el “Año de San José“, el Papa Francisco  nos dice: “Todos pueden encontrar en San José -el hombre que pasa desapercibido, el hombre de la presencia diaria, discreta y oculta- un intercesor, un apoyo y un guía en tiempos de dificultad”. De un modo particular, el Pontífice manifestó que quiere destacar el papel de San José como padre que sirvió a su familia con verdaderas humildad y caridad, añadiendo que “la Iglesia de hoy en día necesita padres”. Como sabemos, San José es celestial Patrono de los esposos, de los padres de familia, de los seminaristas y de  aquellos que están a punto de recibir a la “Hermana muerte” (como la llamaba San Francisco): los moribundos.

 

En mi humilde opinión, Dios nos pide que sepamos descubrir su Presencia en todas las circunstancias de nuestra vida, también en las actuales, tan dramáticas y especiales. Para descubrir, a través del lúcido y singular ejemplo de vida de San José, la Presencia del Señor no debemos dejarnos engañar por las apariencias, sino ir a lo fundamental: Dios existe y nos ama, como nos dice en su Palabra (carta a los Hebreos 11,6).

Sí, Dios existe y nos ama como no podemos hacernos ni idea, y esta es una gozosa realidad en la que creemos, aunque en ocasiones resulte muy difícil hacerla aceptar a otras personas y, en algún momento de “noche oscura”, aceptarla nosotros mismos, hombres y mujeres de fe, miembros de nuestra querida y entrañable Hermandad.

 

Pero como Dios nos toma realmente en serio, porque nos ama de verdad, quiere que nosotros correspondamos a su amor. Por eso, Cristo en el Evangelio  nos aclara cuál es el mandamiento principal:

 

-amar a Dios sobre todo y con todo nuestro corazón, pues Él tiene que ser para nosotros, realmente, el más importante, quien da sentido a todo, nuestro Señor; y

-amar al prójimo como a uno mismo, pues aceptarse uno y amarse (en el mejor de los sentidos)  constituye la senda cierta para poder aceptar y amar a los demás, tratándolos todo lo bien que yo quiero que me traten a mí. Es decir, el amor a Dios se hace vida en el amor al prójimo.

 

Sin embargo, hermanos, esto no podemos hacerlo nosotros solos: el mismo Señor Jesús nos dice que sin Él nada podemos hacer (San Juan 15, 5). Por eso, hemos de dejarnos ayudar por Cristo y convertirnos (para ser mejores cada día), ya que Dios nos ama aunque no lo merezcamos (como nos dice en su Palabra: Oseas 14, 4).

 

San José nos enseña a vivir la fe con hondura, con sencillez y alegría, discreta y humildemente, creyendo sinceramente que nuestra vida no es un cúmulo de casualidades: Dios nos ha creado por puro amor -con la colaboración de nuestros padres- y nos ha dado una misión concreta, una vocación personal, en la Historia de la Salvación.

 

Es decir, Dios quiere precisar de nosotros, como quiso precisar de San José. Al igual que San José, muchas veces no vamos a entender lo que nos pide el Señor; pero, como San José, hemos de cumplir la voluntad divina, estando  disponibles para asumirlo todo desde nuestro corazón creyente (aunque no entendamos con la cabeza), recordando el ejemplo singularísimo que sobre esto nos ofrece la Virgen (como nos dice el evangelio de San Lucas: Lucas 2, 51). 

 

*A fin de no quedarnos sólo en "bellas palabras" vamos a intentar "aterrizar" en nuestra reflexión:

-Celebrar este “Año de San José” ha de llevarnos a un mayor compromiso cristiano: como San José debemos acoger a la Virgen María (en nuestro corazón, en nuestra vida), ya que acoger a María es acoger a Cristo.

 

-Esto supone que vivamos la conversión cristiana: es decir, que nos esforcemos por ser mejores, cada día, con la ayuda del Señor, luchando decididamente contra nuestro egoísmo:

 

+Siendo sinceros, viviendo sin dobleces, sin hablar mal de nadie, sin dejarnos llevar por la crítica destructiva fácil... Como nos dice San Francisco de Asís: "Bienaventurado quien ama y respeta a su hermano cuando se halla lejos de él como cuando está con él, y no dice detrás de él nada que no pudiera decir, en caridad, delante de él", (Admonición 25).

 

+Buscando y queriendo para los demás lo que queremos para nosotros mismos.

 

**Se trata, en resumen, de hacer vida lo que nos pide Jesús: "Tratad a los demás como queréis que ellos os traten", (San Lucas, 6, 31).

 

Hermanos, escuchemos cada día la voz de Dios (según se nos pide en el Salmo 94), abramos nuestro corazón al Stmo. Cristo de la Salvación, dejémonos llenar del Espíritu Santo, y de la mano de nuestra Madre, Ntra. Sra. de la Soledad, y con la ayuda fraterna de San José y de San Francisco de Asís, sembremos la Paz y el Bien todos los días, con ilusión y entrega.

 

Un fuerte abrazo fraterno.

 

¡Que el Señor os bendiga a todos!


Fr. Luis Vicente García Chaves, O.F.M.

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