Abr 05

Domingo de Ramos en la Pasión del Señor. Archidiocesis de Sevilla.

Conferencia Episcopal Española (CEE)

 

Archidiócesis de Sevilla

IGLESIA DOMÉSTICA

RECUERDO DE LA ENTRADA DEL SEÑOR EN JERUSALÉN
Para comenzar un lector lee la siguiente antífona:

ANTÍFONA Mt 21, 9
Hosanna al Hijo de David, bendito el que viene en nombre del Señor, el Rey de Israel. Hosanna en el cielo.

También se puede cantar:

ANUNCIAREMOS TU REINO
Anunciaremos tu Reino, Señor,
Tu Reino, Señor, tu Reino.
Reino de paz y justicia,
Reino de vida y verdad.
Tu Reino, Señor, tu Reino.
Reino de amor y de gracia,
Reino que habita en nosotros.
Tu reino, Señor, tu Reino.
Anunciaremos tu Reino, Señor,
Tu Reino, Señor, tu Reino.
Reino que sufre violencia,
Reino que no es de este mundo.
Tu Reino, Señor, tu Reino.
Reino que ya ha comenzado, Reino que no tendrá fin.
Tu reino, Señor, tu Reino.

INVOCACIÓN INICIAL
El guía:
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Todos responden:
Amén.

MONICIÓN INTRODUCTORIA
Luego un lector hace una breve monición:

Queridos hermanos:
Ya desde el principio de la Cuaresma nos venimos preparando con obras de penitencia y caridad. Hoy nos disponemos a inaugurar, en comunión con toda la Iglesia, la celebración anual del Misterio pascual de la pasión y resurrección de nuestro Señor Jesucristo quien, para llevarlo a cabo, hizo la entrada en la ciudad santa de Jerusalén. Por este motivo, recordando con fe y devoción esta entrada salvadora, acompañemos al Señor para que, participando de su cruz por la gracia, merezcamos un día tener parte en su resurrección y vida.

PROCLAMACIÓN DEL EVANGELIO
Luego se lee el Evangelio de la Entrada de Jesús en Jerusalén

Lectura del santo Evangelio según san Mateo. Mt 21, 1-11
CUANDO se acercaban a Jerusalén y llegaron a Betfagé, en el monte de Los Olivos, envió a dos discípulos diciéndoles: «Id a la aldea de enfrente, encontraréis enseguida una borrica atada con su pollino, los desatáis y me los traéis. Si alguien os dice algo, contestadle que el Señor los necesita y los devolverá pronto». Esto ocurrió para que se cumpliese lo dicho por medio del profeta: «Decid a la hija de Sion: "Mira a tu rey, que viene a ti, humilde, montado en una borrica, en un pollino, hijo de acémila"». Fueron los discípulos e hicieron lo que les había mandado Jesús: trajeron la borrica y el pollino, echaron encima sus mantos, y Jesús se montó. La multitud alfombró el camino con sus mantos; algunos cortaban ramas de árboles y alfombraban la calzada. Y la gente que iba delante y detrás gritaba: «¡"Hosanna" al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡"Hosanna" en las alturas!». Al entrar en Jerusalén, toda la ciudad se sobresaltó preguntando: «¿Quién es este?». La multitud contestaba: «Es el profeta Jesús, de Nazaret de Galilea».

Palabra del Señor.

R/. Gloria a ti, Señor Jesús

El guía:
Queridos hermanos, imitemos a la muchedumbre que aclamaba a Jesús y aclamémosle también nosotros con el siguiente himno:

HIMNO A CRISTO REY

Todos:
R/. ¡Gloria, alabanza y honor!
¡Gritad Hosanna, y haceos como los niños hebreos al paso del Redentor!
¡Gloria y honor al que viene en el nombre del Señor!

Lector:
1. Como Jerusalén con su traje festivo,
vestida de palmeras, coronada de olivos,
viene la cristiandad en son de romería
a inaugurar tu Pascua con himnos de alegría. R/.

2. Ibas como va el sol a un ocaso de gloria;
cantaban ya tu muerte al cantar tu victoria;
Pero tú eres el Rey, el Señor, el Dios Fuerte,
la Vida que renace del fondo de la Muerte. R/.

3. Tú, que amas a Israel y bendices sus cantos,
complácete en nosotros, el pueblo de los santos;
Dios de toda bondad que acoges en tu seno
cuanto hay entre los hombres sencillamente bueno. R/.

Para terminar el recuerdo de la Entrada del Señor en Jerusalén se recita el siguiente responsorio:

Lector:

Al entrar el Señor en la ciudad santa, los niños hebreos profetizaban la resurrección de Cristo, proclamando, con ramos de palmas:

 «Hosanna en el cielo».

Todos:
Hosanna en el cielo.

Lector:
Como el pueblo oyese
que Jesús llegaba a Jerusalén,
salió a su encuentro,
proclamando, con ramos de palmas:

«Hosanna en el cielo».
Todos:
Hosanna en el cielo.
Liturgia de la Palabra

ORACIÓN
Terminado el himno el que guía dice:
Oremos todos juntos.

Y todos oran en silencio unos momentos. Después el que preside dice la siguiente oración:
Dios todopoderoso y eterno,
que hiciste que nuestro Salvador se encarnase
y soportara la cruz
para que imitemos su ejemplo de humildad,
concédenos, propicio,
aprender las enseñanzas de la pasión
y participar de la resurrección gloriosa.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Todos responden:
Amén.

A continuación se hacen las lecturas:
PRIMERA LECTURA Is 50, 4-7
No escondí el rostro ante ultrajes, sabiendo que no quedaría defraudado
(Tercer cántico del Siervo del Señor)

Lectura del libro de Isaías.

EL Señor Dios me ha dado una lengua de discípulo;
para saber decir al abatido una palabra de aliento.
Cada mañana me espabila el oído,
para que escuche como los discípulos.
El Señor Dios me abrió el oído;
yo no resistí ni me eché atrás.
Ofrecí la espalda a los que me golpeaban,
las mejillas a los que mesaban mi barba;
no escondí el rostro ante ultrajes y salivazos.
El Señor Dios me ayuda,
por eso no sentía los ultrajes;
por eso endurecí el rostro como pedernal,
sabiendo que no quedaría defraudado.

Palabra de Dios.

Todos:

Te alabamos, Señor.

SALMO RESPONSORIAL
Sal 21, 8-9. 17-18a. 19-20. 23-24 (R.: 2ab)

R/. Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?
V/. Al verme, se burlan de mí,
hacen visajes, menean la cabeza:
«Acudió al Señor, que lo ponga a salvo;
que lo libre si tanto lo quiere». R/.
V/. Me acorrala una jauría de mastines,
me cerca una banda de malhechores;
me taladran las manos y los pies,
puedo contar mis huesos. R/.
V/. Se reparten mi ropa,
echan a suerte mi túnica.
Pero tú, Señor, no te quedes lejos;
fuerza mía, ven corriendo a ayudarme. R/.
V/. Contaré tu fama a mis hermanos,
en medio de la asamblea te alabaré.
«Los que teméis al Señor, alabadlo;
linaje de Jacob, glorificadlo;
temedlo, linaje de Israel». R/.

SEGUNDA LECTURA Flp 2,6-11

Se humilló a sí mismo; por eso Dios lo exaltó sobre todo
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Filipenses.

CRISTO Jesús, siendo de condición divina,
no retuvo ávidamente el ser igual a Dios;
al contrario, se despojó de sí mismo
tomando la condición de esclavo,
hecho semejante a los hombres.
Y así, reconocido como hombre por su presencia,
se humilló a sí mismo,
hecho obediente hasta la muerte,
y una muerte de cruz.
Por eso Dios lo exaltó sobre todo
y le concedió el Nombre-sobre-todo-nombre;
de modo que al nombre de Jesús
toda rodilla se doble
en el cielo, en la tierra, en el abismo,
y toda lengua proclame:
Jesucristo es Señor,
para gloria de Dios Padre.
Palabra de Dios.

R/. Te alabamos, Señor.

PASIÓN DEL SEÑOR
La lectura es proclamada por tres lectores:
X Cristo
C Cronista
S Sinagoga

Mt 26, 14— 27,66

Pasión de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo.

¿Qué estáis dispuestos a darme si os lo entrego?

C. EN aquel tiempo, uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, fue a los sumos sacerdotes y les
propuso:

«¿Qué estáis dispuestos a darme si os lo entrego?».

Ellos se ajustaron con él en treinta monedas de plata. Y desde entonces andaba buscando
ocasión propicia para entregarlo.

¿Dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua?

C. El primer día de los Ácimos se acercaron los discípulos a Jesús y le preguntaron:

S. ¿Dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua?».

C. Él contestó:

«Id a la ciudad, a casa de quien vosotros sabéis, y decidle:
"El Maestro dice: mi hora está cerca; voy a celebrar la Pascua en tu casa con mis discípulos"».

C. Los discípulos cumplieron las instrucciones de Jesús y prepararon la Pascua. Uno de vosotros me va a entregar. Al atardecer se puso a la mesa con los Doce. Mientras comían dijo:

«En verdad os digo que uno de vosotros me va a entregar».

C. Ellos muy entristecidos, se pusieron a preguntarle uno tras otro

S. «¿Soy yo acaso, Señor?».

C. Él respondió:

«El que ha metido conmigo la mano en la fuente, ese me va a entregar. El Hijo del hombre se va como está escrito de él; pero, ¡ay de aquel por quien el Hijo del hombre es entregado!, ¡más le valdría a ese hombre no haber nacido!».

C. Entonces preguntó Judas, el que lo iba a entregar:

S. «¿Soy yo acaso, Maestro?».

C. Él respondió:

«Tú lo has dicho».
Esto es mi cuerpo. Esta es mi sangre

C. Mientras comían, Jesús tomó pan y, después de pronunciar la bendición, lo partió, lo dio a los discípulos y les dijo:

«Tomad, comed: esto es mi cuerpo».

C. Después tomó el cáliz, pronunció la acción de gracias y dijo:

«Bebed todos; porque esta es mi sangre de la alianza, que es derramada por muchos para el perdón de los pecados. Y os digo que desde ahora ya no beberé del fruto de la vid hasta el día que beba con vosotros el vino nuevo en el reino de mi Padre».

C. Después de cantar el himno salieron para el monte de los Olivos. Heriré al pastor, y se dispersarán las ovejas del rebaño Entonces Jesús les dijo:

«Esta noche os vais a escandalizar todos por mi causa, por- que está escrito: "Heriré al pastor, y se dispersarán las ovejas del rebaño". Pero cuando resucite, iré delante de vosotros a Galilea».

C. Pedro replicó:

S. «Aunque todos caigan por tu causa, yo jamás caeré».

C. Jesús le dijo:

«En verdad te digo que esta noche, antes de que el gallo cante, me negarás tres veces».

C. Pedro le replicó:

S. «Aunque tenga que morir contigo, no te negaré».

C. Y lo mismo decían los demás discípulos. En este momento podemos cantar: A ti levanto mis ojos, A ti que habitas en el cielo. A ti levanto mis ojos, Por que espero tu misericordia. Empezó a sentir tristeza y angustia. Entonces Jesús fue con ellos a un huerto, llamado Getsemaní, y dijo a los discípulos:

«Sentaos aquí, mientras voy allá a orar».

C. Y llevándose a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo, empezó a sentir tristeza y angustia. Entonces les dijo:

«Mi alma está triste hasta la muerte; quedaos aquí y velad conmigo».

C. Y adelantándose un poco cayó rostro en tierra y oraba diciendo:

«Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz. Pero no se haga como yo quiero, sino como quieres tú».

C. Y volvió a los discípulos y los encontró dormidos. Dijo a Pedro:

«¿No habéis podido velar una hora conmigo? Velad y orad para no caer en la tentación, pues el espíritu está pronto, pero la carne es débil».

C. De nuevo se apartó por segunda vez y oraba diciendo:

«Padre mío, si este cáliz no puede pasar sin que yo lo beba, hágase tu voluntad».

C. Y viniendo otra vez, los encontró dormidos, porque sus ojos se cerraban de sueño. Dejándolos de nuevo, por tercera vez oraba repitiendo las mismas palabras. Volvió a los discípulos, los encontró dormidos y les dijo:

«Ya podéis dormir y descansar. Mirad, está cerca la hora y el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los pecadores. ¡Levantaos, vamos! Ya está cerca el que me entrega». Se acercaron a Jesús y le echaron mano y lo prendieron.

C. Todavía estaba hablando, cuando apareció Judas, uno de los Doce, acompañado de un tropel de gente, con espadas y palos, enviado por los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo. El traidor les había dado esta contraseña:

S. «Al que yo bese, ese es: prendedlo».

C. Después se acercó a Jesús y le dijo:

S. «¡Salve, Maestro!».

C. Y lo besó. Pero Jesús le contestó:

«Amigo, ¿a qué vienes?».

C. Entonces se acercaron a Jesús y le echaron mano y lo prendieron. Uno de los que estaban con él agarró la espada, la desenvainó y de un tajo le cortó la oreja al criado del sumo sacerdote. Jesús le dijo:

«Envaina la espada; que todos los que empuñan espada, a espada morirán. ¿Piensas tú que no puedo acudir a mi Padre? Él me mandaría enseguida más de doce legiones de ángeles. ¿Cómo se cumplirían entonces las Escrituras que dicen que esto tiene que pasar?».

C. Entonces dijo Jesús a la gente:

«¿Habéis salido a prenderme con espadas y palos como si fuera un bandido? A diario me sentaba en el templo a enseñar y, sin embargo, no me prendisteis. Pero todo esto ha sucedido para que se cumplieran las Escrituras de los profetas».

C. En aquel momento todos los discípulos lo abandonaron y huyeron. Veréis al Hijo del hombre sentado a la derecha del Poder. Los que prendieron a Jesús lo condujeron a casa de Caifás, el sumo sacerdote, donde se habían reunido los escribas y los ancianos. Pedro lo seguía de lejos hasta el palacio del sumo sacerdote y, entrando dentro, se sentó con los criados para ver cómo terminaba aquello. Los sumos sacerdotes y el Sanedrín en pleno buscaban un falso testimonio contra Jesús para condenarlo a muerte y no lo encontraban, a pesar de los muchos falsos testigos que comparecían. Finalmente, comparecieron dos que declararon:

S. «Este ha dicho: "Puedo destruir el templo de Dios y reconstruirlo en tres días"».

C. El sumo sacerdote se puso en pie y le dijo:

S. ¿No tienes nada que responder? ¿Qué son estos cargos que presentan contra ti?».

C. Pero Jesús callaba. Y el sumo sacerdote le dijo:

S. «Te conjuro por el Dios vivo a que nos digas si tú eres el Mesías, el Hijo de Dios».

C. Jesús le respondió:

«Tú lo has dicho. Más aún, yo os digo: desde ahora veréis al Hijo del hombre sentado a la derecha del Poder y que viene sobre las nubes del cielo».

C. Entonces el sumo sacerdote rasgó sus vestiduras diciendo:

S. «Ha blasfemado. ¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Acabáis de oír la blasfemia. ¿Qué decidís?».

C. Y ellos contestaron:

S. «Es reo de muerte».

C. Entonces le escupieron a la cara y lo abofetearon; otros lo golpearon diciendo:

S. «Haz de profeta, Mesías; dinos quién te ha pegado». Antes de que cante el gallo me negarás tres veces.

C. Pedro estaba sentado fuera en el patio y se le acercó una criada y le dijo:

S. «También tú estabas con Jesús el Galileo».
C. Él lo negó delante de todos diciendo:
S. «No sé qué quieres decir».
C. Y al salir al portal lo vio otra y dijo a los que estaban allí:
S. «Este estaba con Jesús el Nazareno».
C. Otra vez negó él con juramento:

S. «No conozco a ese hombre».
C. Poco después se acercaron los que estaban allí y dijeron a Pedro:
S. «Seguro; tú también eres de ellos, tu acento te delata».
C. Entonces él se puso a echar maldiciones y a jurar diciendo:
S. «No conozco a ese hombre».
C. Y enseguida cantó un gallo. Pedro se acordó de aquellas palabras de Jesús: «Antes de que cante el gallo me negarás tres veces». Y saliendo afuera, lloró amargamente. En este momento podemos cantar:

Perdona a tu pueblo Señor, Perdona a tu pueblo, perdónale Señor

1. No estés eternamente enojado no estés eternamente enojado, perdónale Señor.

Entregaron a Jesús a Pilato, el gobernador.

C. Al hacerse de día, todos los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo se reunieron para preparar la condena a muerte de Jesús. Y, atándolo, lo llevaron y lo entregaron a Pilato, el gobernador. No es lícito echarlas en el arco de las ofrendas, porque son precio de sangre.

C. Entonces Judas, el traidor, viendo que lo habían condenado, se arrepintió y devolvió las treinta monedas de plata a los sumos sacerdotes y ancianos diciendo:

S. «He pecado entregando sangre inocente».

C. Pero ellos dijeron:

S. «¿A nosotros qué? ¡Allá tú!».

C. Él, arrojando las monedas de plata en el templo, se marchó; y fue y se ahorcó. Los sacerdotes, recogiendo las monedas de plata, dijeron:
S. «No es lícito echarlas en el arca de las ofrendas, porque son precio de sangre».
C. Y, después de discutirlo, compraron con ellas el Campo del Alfarero para cementerio de forasteros. Por eso aquel campo se llama todavía «Campo de Sangre». Así se cumplió lo dicho por medio del profeta Jeremías: «Y tomaron las treinta monedas de plata, el precio de uno que fue tasado, según la tasa de los hijos de Israel, y pagaron con ellas el Campo del Alfarero, como me lo había ordenado el Señor».

¿Eres tú el rey de los judíos?

C. Jesús fue llevado ante el gobernador, y el gobernador le preguntó:

S. «¿Eres tú el rey de los judíos?».
C. Jesús respondió:
«Tú lo dices».
C. Y, mientras lo acusaban, los sumos sacerdotes y los ancianos no contestaba nada. Entonces
Pilato le preguntó:
S. «¿No oyes cuántos cargos presentan contra ti?».
C. Como no contestaba a ninguna pregunta, el gobernador estaba muy extrañado. Por la fiesta, el gobernador solía liberar un preso, el que la gente quisiera. Tenía entonces un preso famoso, llamado Barrabás. Cuando la gente acudió, dijo Pilato:

S. «¿A quién queréis que os suelte, a Barrabás o a Jesús, a quien llaman el Mesías?».

C. Pues sabía que se lo habían entregado por envidia, Y, mientras estaba sentado en el tribunal, su mujer le mandó a decir:

S. «No te metas con ese justo porque esta noche he sufrido mucho soñando con él».

C. Pero los sumos sacerdotes y los ancianos convencieron a la gente para que pidieran la libertad de Barrabás y la muerte de Jesús.

El gobernador preguntó:

S. «¿A cuál de los dos queréis que os suelte?».
C. Ellos dijeron:
S. «A Barrabás».
C. Pilato les preguntó:
S. ¿Y qué hago con Jesús, llamado el Mesías?».
C. Contestaron todos:
S. «Sea crucificado».
C. Pilato insistió:
S. «Pues, ¿qué mal ha hecho?».
C. Pero ellos gritaban más fuerte:
S. «¡Sea crucificado!».
C. Al ver Pilato que todo era inútil y que, al contrario, se estaba formando un tumulto, tomó agua y se lavó las manos ante la gente, diciendo:

S. «¡Soy inocente de esta sangre. Allá vosotros!».
C. Todo el pueblo contestó:
S. «¡Caiga su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos!».
C. Entonces les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de azotarlo, lo entregó para que lo
crucificaran.

¡Salve, rey de los judíos!

C. Entonces los soldados del gobernador se llevaron a Jesús al pretorio y reunieron alrededor de él a toda la cohorte: lo desnudaron y le pusieron un manto de color púrpura y, trenzando una corona de espinas, se la ciñeron a la cabeza y le pusieron una caña en la mano derecha. Y, doblando ante él la rodilla, se burlaban de él diciendo:

S. «¡Salve, rey de los judíos!».

C. Luego le escupían, le quitaban la caña y le golpeaban con ella la cabeza. Y, terminada la burla, le quitaron el manto, le pusieron su ropa y lo llevaron a crucificar. Crucificaron con él a dos bandidos.

C. Al salir, encontraron a un hombre de Cirene, llamado Simón, y lo forzaron a llevar su cruz. Cuando llegaron al lugar llamado Gólgota (que quiere decir lugar de «la Calavera»), le dieron a beber vino mezclado con hiel; él lo probó, pero no quiso beberlo. Después de crucificarlo, se repartieron su ropa echándola a suertes y luego se sentaron a custodiarlo. Encima de la cabeza colocaron un letrero con la acusación: «Este es Jesús, el rey de los judíos». Crucificaron con él a dos bandidos, uno a la derecha y otro a la izquierda. Si eres hijo de Dios, baja de la cruz.

C. Los que pasaban, lo injuriaban, y, meneando la cabeza, decían:
S. «Tú que destruyes el templo y lo reconstruyes en tres días, sálvate a ti mismo; si eres Hijo de Dios, baja de la cruz».

C. Igualmente los sumos sacerdotes con los escribas y los ancianos se burlaban también diciendo:

S. «A otros ha salvado y él no se puede salvar. ¡Es el Rey de Israel!, que baje ahora de la cruz y le creeremos. Confió en Dios, que lo libre si es que lo ama, pues dijo: «Soy Hijo de Dios"».

C. De la misma manera los bandidos que estaban crucificados con él lo insultaban. «¿Elí, Elí, lamá sabaqtani?»

C. Desde la hora sexta hasta la hora nona vinieron tinieblas sobre toda la tierra. A la hora nona, Jesús gritó con voz potente:

«Elí, Elí, lemá sabaqtaní?».
C. (Es decir:)
«Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»).
C. Al oírlo algunos de los que estaban allí dijeron:
S. «Está llamando a Elías».
C. Enseguida uno de ellos fue corriendo, cogió una esponja empapada en vinagre y, sujetándola
en una caña, le dio de beber.

Los demás decían:

S. «Déjadlo, a ver si viene Elías a salvarlo».
C. Jesús, gritando de nuevo con voz potente, exhaló el espíritu. Todos se arrodillan, y se hace una pausa meditando brevemente en la crucifixión y muerte de Nuestro Señor Jesucristo.

C. Entonces el velo del templo se rasgó en dos de arriba abajo; la tierra tembló, las rocas se resquebrajaron, las tumbas se abrieron y muchos cuerpos de santos que habían muerto resucitaron y, saliendo de las tumbas después que él resucitó, entraron en la ciudad santa y se aparecieron a muchos. El centurión y sus hombres, que custodiaban a Jesús, al ver el terremoto y lo que pasaba, dijeron aterrorizados:

S. «Verdaderamente este era Hijo de Dios». En este momento podemos cantar:

Victoria, Tú reinarás.
Oh cruz, Tú nos salvarás.
El verbo en Ti clavado,
Muriendo, nos rescató.
De Ti, madero santo,
Nos viene la redención.

C. Había allí muchas mujeres que miraban desde lejos, aquellas que habían seguido a Jesús desde Galilea para servirlo; entre ellas, María la Magdalena y María, la madre de Santiago y José, y la madre de los hijos de Zebedeo.
José puso en su sepulcro nuevo el cuerpo de Jesús. C. Al anochecer llegó un hombre rico de Arimatea, llamado José, que era también discípulo de Jesús. Este acudió a Pilato a pedirle el cuerpo de Jesús. Y Pilato mandó que se lo entregaran. José, tomando el cuerpo de Jesús, lo envolvió en una sábana limpia, lo puso en su sepulcro nuevo que se había excavado en la roca, rodó una piedra grande a la entrada del sepulcro y se marchó. María la Magdalena y la otra María se quedaron allí sentadas enfrente del sepulcro. Ahí tenéis la guardia: Id vosotros y asegurad la vigilancia como sabéis. C. A la mañana siguiente, pasado el día de la Preparación, acu- dieron en grupo los sumos sacerdotes y los fariseos a Pilato y le dijeron:

S. «Señor, nos hemos acordado de que aquel impostor estando en vida anunció: «A los tres días resucitaré". Por eso ordena que vigilen el sepulcro hasta el tercer día, no sea que vayan sus discípulos, se lleven el cuerpo y digan al pueblo: "Ha resucitado de entre los muertos". La última impostura sería peor que la primera».

C. Pilato contestó:
S. «Ahí tenéis la guardia: id vosotros y asegurad la vigilancia como sabéis».
C. Ellos aseguraron el sepulcro, sellando la piedra y colocando la guardia.

Palabra del Señor.

R/. Gloria a ti, Señor Jesús

Meditación
Un lector:
De los sermones de san Andrés de Creta, obispo.
(Sermón 9 sobre el domingo de Ramos: PG 97, 990-994)
Bendito el que viene, como rey, en nombre del Señor. Venid, y al mismo tiempo que ascendemos al monte de los Olivos, salgamos al encuentro de Cristo, que vuelve hoy de Betania y, por propia voluntad, se apresura hacia su venerable y dichosa pasión, para llevar a plenitud el misterio de la salvación de los hombres. Porque el que va libremente hacia Jerusalén es el mismo que por nosotros, los hombres, bajó del cielo, para levantar consigo a los que yacíamos en lo más profundo y colocarnos, como dice la Escritura, por encima de todo principado, potestad, fuerza y dominación, y por encima de todo nombre conocido. Y viene, no como quien busca su gloria por medio de la fastuosidad y de la pompa. No porfiará —dice—, no gritará, no voceará por las calles, sino que será manso y humilde, y se presentará sin espectacularidad alguna.

Ea, pues, corramos a una con quien se apresura a su pasión, e imitemos a quienes salieron a su encuentro. Y no para extender por el suelo, a su paso, ramos de olivo, vestiduras o palmas, sino para prosternarnos nosotros mismos, con la disposición más humillada de que seamos capaces y con el más limpio propósito, de manera que acojamos al Verbo que viene, y así logremos captar a aquel Dios que nunca puede ser totalmente captado por nosotros. Alegrémonos, pues, porque se nos ha presentado mansamente el que es manso y que asciende sobre el ocaso de nuestra ínfima vileza, para venir hasta nosotros y convivir con nosotros, de
modo que pueda, por su parte, llevarnos hasta la familiaridad con él.

Ya que, si bien se dice que, habiéndose incorporado las primicias de nuestra condición, ascendió, con ese botín, sobre los cielos, hacia el oriente, es decir, según me parece, hacia su propia gloria y divinidad, no abandonó, con todo, su propensión hacia el género humano hasta haber sublimado al hombre, elevándolo progresivamente desde lo más ínfimo de la tierra hasta lo más alto de los cielos. Así es como nosotros deberíamos prosternarnos a los pies de Cristo, no poniendo bajo sus pies nuestras túnicas o unas ramas inertes, que muy pronto perderían su verdor, su fruto y su aspecto agradable, sino revistiéndonos de su gracia, es decir, de él mismo, pues los que os habéis incorporado a Cristo por el bautismo os habéis revestido de Cristo. Así debemos ponernos a sus pies como si fuéramos unas túnicas. Y si antes, teñidos como estábamos de la escarlata del pecado, volvimos a encontrar la blancura de la lana gracias al saludable baño del bautismo, ofrezcamos ahora al vencedor de la muerte no ya ramas de palma, sino trofeos de victoria. Repitamos cada día aquella sagrada exclamación que los niños cantaban, mientras agitamos los ramos espirituales del alma: Bendito el que viene, como rey, en nombre del Señor.

Profesión de fe

A continuación se hace el Credo

Creo en Dios, Padre todopoderoso,
creador del cielo y de la tierra.
Creo en Jesucristo, su único Hijo, nuestro Señor,
En las palabras que siguen, hasta María Virgen, todos se inclinan.
que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo,
nació de Santa María Virgen,
padeció bajo el poder de Poncio Pilato
fue crucificado, muerto y sepultado,
descendió a los infiernos,
al tercer día resucitó de entre los muertos,
subió a los cielos
y está sentado a la derecha de Dios, Padre todopoderoso.
Desde allí ha de venir a juzgar a vivos y muertos.
Creo en el Espíritu Santo,
Domingo de Ramos en la Pasión del Señor 18
la santa Iglesia católica,
la comunión de los santos,
el perdón de los pecados,
la resurrección de la carne
y la vida eterna.

Amén.

Oración Universal
El guía invita a todos a orar diciendo:

Unidos con Jesucristo pidámosle que la vida nueva que brota de su cruz alcance a todos los hombres

Un lector:

1. Para que el Señor ilumine y sostenga en todo momento a nuestro Santo Padre el Papa Francisco, a nuestro Arzobispo Juan José y a su Obispo Auxiliar Santiago, a todos los sacerdotes y a los miembros de la vida consagrada. Roguemos al Señor.

R/. Señor, escucha y ten piedad.

2. Por los que no conocen a Jesucristo. Para que puedan llegar a sentir la alegría y la vida que Él nos da. Roguemos al Señor.
R/. Señor, escucha y ten piedad.

3. Por los enfermos contagiados por el coronavirus, por quienes están en cuarentena y por otros enfermos que ven afectada su atención por la prioridad de atajar la pandemia, para que el Señor,
les conceda la salud. Roguemos al Señor.
R/. Señor, escucha y ten piedad.

4. Por los familiares de los contagiados, los trabajadores de todos los centros y servicios sanitarios. Por los equipos de emergencias, por los de Protección Civil y por las Fuerzas de Seguridad del Estado. Por los equipos de Pastoral de la Salud y por los voluntarios. Por las personas de riesgo: niños, mayores y enfermos crónicos. Por los padres, madres, abuelos y educadores. Por los gobernantes e investigadores. Por los que están viviendo esta situación de emergencia en soledad. Por quienes carecen de hogar o de lo imprescindible para vivir.
Roguemos al Señor.
R/. Señor, escucha y ten piedad.

5. Por todos los que han muerto víctima del coronavirus y por todos los difuntos para que les conceda el descanso eterno; y para que otorgue el consuelo de la fe a todos sus familiares y amigos. Roguemos al Señor.

R/. Señor, escucha y ten piedad.

El guía:

Y ahora digamos todos juntos la oración que Cristo, el Señor, nos ha enseñado:
Todos:

Padre nuestro, que estás en el cielo,
santificado sea tu Nombre;
venga a nosotros tu reino;
hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.
Danos hoy nuestro pan de cada día;
perdona nuestras ofensas,
como también nosotros perdonamos
a los que nos ofenden;
no nos dejes caer en la tentación,
y líbranos del mal.

COMUNIÓN ESPIRITUAL O DE DESEO
Consiste en orar con fe y con amor, expresando el deseo recibir a Nuestro Señor Jesucristo en el Sacramento de la Eucaristía y pidiendo recibirlo espiritualmente.

Dios, Padre nuestro, uniéndonos con todos los sacerdotes de todo el mundo, con nuestro Arzobispo Juan José y su Obispo Auxiliar Santiago, con nuestro Párroco (Nombre) y toda nuestra comunidad cristiana, que celebran en nuestras parroquias e iglesias estos días sin nuestra presencia, TE OFRECEMOS EL SACRIFICIO DE TU HIJO EN LA CRUZ, que se renueva en el altar, por la Iglesia y por todos los hombres, particularmente por los enfermos, sus familiares y por los difuntos.

QUISIÉRAMOS, SEÑOR, RECIBIR TU SAGRADO CUERPO con aquella pureza, humildad y devoción con que te recibió la Virgen, tu Madre y nuestra Madre; y con el espíritu y fervor
de los santos.

Fórmula de San Alfonso María de Ligorio:
Creemos, Jesús nuestro, que estás realmente presente en el Santísimo Sacramento del Altar.
Te amamos sobre todas las cosas y deseamos recibirte en nuestra alma.
Pero como ahora no podemos recibirte sacramentado,
ven al menos espiritualmente a nuestro corazón.

(Pausa en silencio para adoración)
Como si ya te hubiésemos recibido, te abrazamos y nos unimos totalmente a Ti.

No permitas, Señor, que jamás nos separemos de Ti. Amén.

INVOCACIÓN A LA VIRGEN

Todos:
Dios te salve, Reina y Madre de misericordia,
vida, dulzura y esperanza nuestra.
Dios te salve.
A Ti clamamos los desterrados hijos de Eva,
a Ti suspiramos, gimiendo y llorando en este valle de lágrimas.
Ea, pues, Señora Abogada Nuestra,
vuelve a nosotros tus ojos misericordiosos,
y después de este destierro, muéstranos a Jesús,
fruto bendito de tu vientre.
Oh, clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen María.
Ruega por nosotros, Santa Madre de Dios,
para que seamos dignos de alcanzar las promesas de Nuestro Señor Jesucristo. Amén
El que guía o todos pueden añadir la oración del Papa Francisco ante la emergencia del coronavirus:
Oh María,
Tú resplandeces siempre en nuestro camino como signo de salvación y esperanza. Nosotros nos
encomendamos a Ti, salud de los enfermos, que ante la Cruz fuiste asociada al dolor de Jesús
manteniendo firme tu fe.
Tú sabes lo que necesitamos y estamos seguros de que proveerás para que, como en Caná de
Galilea, pueda regresar la alegría y la fiesta después de este momento de prueba.
Ayúdanos, Madre del Divino Amor, a conformarnos a la voluntad del Padre y a hacer lo que
nos dirá Jesús, que ha tomado sobre sí nuestros sufrimientos. Y ha tomado sobre sí nuestros
dolores para llevarnos, a través de la Cruz, al gozo de la Resurrección. Amén.
Bajo tu protección, buscamos refugio, Santa Madre de Dios. No desprecies las súplicas de los
que estamos en la prueba y líbranos de todo peligro, ¡oh Virgen gloriosa y bendita!

CONCLUSIÓN
El guía:
Bendigamos al Señor.

Todos:
Demos gracias a Dios.

 

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