Director Espiritual

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Semillas de Paz y Bien

Hermanos: ¡Paz y Bien!

Después de prepararnos durante la Cuaresma y tras vivir con el corazón henchido, lleno, de emociones singulares la Semana Santa (y, ¡cómo no!, el Viernes Santo), cada primavera nos trae la alegría profunda de la Pascua, de la Resurrección de Cristo, de su Victoria definitiva sobre todo mal, incluso sobre la misma muerte, pues el Señor Jesús, muerto en la Cruz y Resucitado, es el Santísimo Cristo de la Salvación: Aquel que quiere ayudarnos a caminar como verdaderos hijos de Dios y hermanos de todos, ofreciéndonos el ejemplo admirable de su vida entregada a la voluntad de Dios Padre por nuestro bien... Y junto a Cristo encontramos a la Virgen Santísima, nuestra Señora de la Soledad, que con amor de Madre intercede ante su Hijo en favor nuestro; a Ella profesamos un cariño entrañable que deseamos sea sincero.

¿Cómo debemos, por tanto, celebrar la Pascua? ¿Qué hemos de hacer para que el gozo, profundo e inexpresable, de la Resurrección de Jesucristo cale en nuestro corazón creyente y se manifieste en nuestra vida de cada día? Reflexionamos sobre ello, a la luz de la Palabra de Dios.

 

 

*En primer lugar, debemos hacer un esfuerzo para no quedarnos sólo en lo exterior: lo externo en nuestra vivencia de cristianos y de miembros de nuestra entrañable Hermandad tiene el sentido que quiere Dios cuando es expresión de lo que anida en nuestro interior, en nuestro corazón: un hondo y sincero deseo de avanzar en nuestra vida de fe, esperanza y caridad cada día de nuestra existencia, "todos junto a la Madre y bajo la Cruz" (como deseamos llevar grabado en nuestro corazón).

 

 

*Para profundizar en nuestro ser cristiano y miembros de nuestra querida Hermandad hemos de pedir, diariamente, ayuda a nuestra Madre María pues Ella nos lleva al Señor: "Venid a mí los que me amáis" leemos en el libro del Eclesiástico, (capítulos 24, versículos 3 al 22)... Sí hemos de acudir a la Virgen cada día, puesto que es nuestro deseo profundo amarla de corazón.

 

 

*Sin embargo, profesar un cariño entrañable a María exige demostrar siempre, (y no sólo en algunos momentos), que somos discípulos del Buen Pastor, Santísimo Cristo de la Salvación, nuestro Señor. La Virgen nos muestra la calidad y hondura de su fe al pie de la Cruz, (como vemos en el Evangelio: San Juan, capítulo 19, versículos 25 al 27): en ese momento, terrible y supremo, en que María, nuestra Señora de la Soledad, siente en su Corazón los zarpazos del más horroroso dolor al ver sufrir tan espantosamente al Hijo salido de sus entrañas, Jesús nos da a la Virgen como Madre espiritual en la persona de San Juan evangelista... Así pues, como nos enseña particularmente la Virgen María nosotros también hemos de vivir nuestra fe con todas las consecuencias: aunque no entendamos siempre lo que el Señor nos pide, habremos de aceptarlo, desde la fe sincera y profunda, con el corazón confiando siempre en la Misericordia de Dios, que es más fuerte que todos nuestros miedos y angustias, sin olvidar que Cristo ha pasado también "por la prueba del dolor" y por tanto "puede auxiliar a los que ahora (pasamos) por ella", (como nos dice la Carta a los Hebreos, capítulo 2, versículo 18)... Desde Jesucristo el dolor no es un sinsentido, sino una senda necesaria y privilegiada para llegar al gozo de la Resurrección de la mano de María, Nuestra Señora de la Soledad, nuestra Madre.

 

*A fin de no quedarnos sólo en "bellas palabras" vamos a intentar "aterrizar" en nuestra reflexión:

  • Celebrar a María Virgen, nuestra Señora de la Soledad, ha de llevarnos a un mayor compromiso cristiano.
  • Esto supone que vivamos la conversión cristiana: es decir, que nos esforcemos por ser mejores, cada día, con la ayuda del Señor, luchando decididamente contra nuestro egoísmo:

+Siendo sinceros, viviendo sin dobleces, sin hablar mal de nadie, sin dejarnos llevar por la crítica destructiva y fácil... Como nos dice San Francisco de Asís: "Bienaventurado quien ama y respeta a su hermano cuando se halla lejos de él como cuando está con él, y no dice detrás de él nada que no pudiera decir, en caridad, delante de él", (Admonición 25).

 

+Buscando y queriendo para los demás lo que queremos para nosotros mismos.

 

**Se trata, en resumen, de hacer vida lo que nos pide Jesús: "Tratad a los demás como queréis que ellos os traten", (evangelio de San Lucas, capítulo 6, versículo 31).

Hermanos, preparémonos para celebrar -llenos de gozo- la Fiesta que da sentido a toda nuestra vida cristiana y, por tanto, de Hermandad: la Pascua de Resurrección, la Victoria escatológica (es decir, definitiva) del Santísimo Cristo de la Salvación sobre todo lo malo, incluso sobre la muerte, que es –a poco que lo pensemos- la mayor limitación que existe; y hagámoslo fuertemente cogidos a la mano de la Virgen María, nuestra Madre, nuestra Señora de la Soledad: abramos, pues, el corazón al Espíritu Santo; así, como la Virgen y San Francisco, viviremos como hijos de Dios y hermanos de todos, sembrando la Paz y el Bien, día a día, con ilusión y entrega.

¡Que el Señor os bendiga a todos!

Fr. Luis Vicente García Chaves, franciscano, Director espiritual. 

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